Vivir sin celular es una desventaja. Me di cuenta de eso, concretamente,
cuando me levante a la mañana sin saber la hora y tenía que estar pendiente de
no quedarme dormida para llegar puntual a lo de la abuela Susi. Cuando mi
límite para dormir se cumplió, me levante, desayuné tres medialunas y le dije a
la abuela que hoy no volvía a casa.
Acto siguiente, me fui a bañar, y pasando por el cuarto de al lado me
fije que las chicas que se están quedando en lo de mi abuela por un tiempo,
dormían con el cubrecama blanco. Aquel que en un pasado yo me escondía y
jugaba a que vivía entre las nubes. No voy a decir que eran tiempos más
fáciles pero definitivamente eran más felices.
En la ducha, me puse a pensar en iron dad y yo y el libro que aún no
terminamos. Sentía que era el momento de retomarlo y al menos terminar mi
parte. No porque retomarlo era una obligación, sino más porque quería ver la
cara de iron dad cuando yo imprimiera mis dos partes completas del libro y se la
dejara en una pila en su escritorio. Quería ver si eso tendría algún efecto
en él.
Cuando salí a lo de la abuela, me tomé el 93 y aproveché para seguir
leyendo “The Fall of giants” de Ken Follet prestándole mucha atención a
la vasta cantidad de detalles que ayudaba a construir a la perfección la
visualización de la escena.
Uno de los personajes secundarios comparte un lascivo beso prohibido,
donde mi mente va derecho a la imagen de Mcdreamy. Mi corazón se acelera
y me acuerdo que mañana voy a verlo. Extrañaba el sentirme vive. Aunque solo terminé en una ilusión, sé que esta vez
no voy a negarme. Ya no le tengo miedo al amor.
Paso por casa un segundo y cambio de cartera y sombrero (de Sir Malcolm a
Zafiro). Agarro la bici; la cargo con un montón de cosas que ni se si
voy a necesitar pero las llevo porque tampoco creo que vuelva a casa esta noche. Iron Dad no estaba y eso me dio una sensación de libertad, que había experimentado cuando se fue a Europa
(aunque en Europa la casa estaba mayormente ordenada y ahora… bueno, hacemos lo
mejor que podemos)
Paso las estaciones de tren leyendo a Ken Follet y fijándome cuanto
tiempo estaba llegando tarde. Llegó a Villa Bosch y me levanto del asiento para
empezar el proceso de sacar la bici. Me bajo en Martín Coronado, y en vez de ir
por el caminito, tomo otro camino, con el fin de llegar más rápido. Me cruzo
con un colectivo que tenía parada cada dos cuadras, y suprimo la sensación de
molestia. El colectivo no tenía la culpa, y finalmente pude agarrar una calle
donde no pasaba y llegue sin problemas a lo de mi abuela.
Ella me recibió con una comida exquisita: chuletas de cerdo con
manzana y arroz. Sentí pena por la abuela Lucre, que ella nunca le pega con
las cosas que me gustan. Mientras comemos, yo hablo del retiro y de Mcdreamy
mientras que Nati me propone que vayamos al boulevard a tomar unos mates
después de la siesta. No tenía muchas ganas de ir pero es difícil decirle que
no a mi tía.
La abuela y el abuelo se van al médico mientras que Nati se va a dormir y
yo me internó a boludear con la computadora y pasar todo lo que había escrito.
Mamá me busca por Facebook y me dice que va a dejar su viejo celular en lo de
la abuela Lucre; y ahí tengo la perfecta excusa real para no ir al boulevard.
Entre líneas de texto, paro para tomar
una copa de licor de chocolate, y pienso en Hemingway. Sigo tomando.
Mientras la quietud se mantenía en la casa, empecé a ver mis capítulos
diarios de Supernatural. Llegue al capítulo donde Castiel explicaba porque se había
aliado con Crowley, el rey del infierno, y traiciona a los Winchester. Dos
lágrimas cayeron al final del capítulo, y supe que estaba compenetrada en el
estilo de vida de Supernatural. Ya me podía ir olvidando de cualquier otra
serie, Supernatural era todo lo que necesitaba.
Empecé el siguiente capítulo, que empezaba con un hombre tomando un vaso
de whisky, y escribiendo en una antigua máquina de escribir, mientras llovía
fuera del despacho. La visión me dio una especie de deja vú y pensé en
Lovecraft Sabía que había una idea
escondida para mí detrás de todo eso, pero todavía no había podido
descifrarla. La escena termino con H.P.
Lovecraft siendo asesinado.
Cuando la abuela volvió, Nati se despertó y tomamos la leche juntas. La
abuela insistió en que la clave de todo es terminar la secundaria, y me puse a
pensar en el planteo que me hizo mamá. Pero esta vez había sido más tranquila
la conversación, y de nuevo me puse a pensar en el choque de personalidades
entre mi mamá y yo.
Cuando terminé de tomar la leche, partí a lo de mi abuela Lucre. Perdí un
tren en el camino, pero el siguiente no tardó en llegar. Volví a mi lectura
para pasar el tiempo y cuando llegué a la estación sentí como que había algo
que tenía que hacer.
Me fui en bici hasta Bonpland para ver si Iron Dad había conseguido el chip
para mi celular. El viaje termino siendo en vano, ya que él estaba ocupado y no
pudo retirarlo. Tenía la sensación de que hay algo que me estaba ocultando,
pero ya había aprendido a que no me importara.
En lo abuela no hice nada de trascendencia. Me enfrasque con series, y
termine los pocos capítulos que había dejado de Reign. No tenía tiempo de
pensar cuando miraba series, apenas si salí del cuarto para comer.
Una vez que terminé Reign, me aburrí del aburrimiento y me puse música.
Con cada canción era un nuevo personaje que interpretar. Fui una amante,
que seducía con lo implícito de su mirada. Una pirata, dispuesta a
pelear contra las ondinas. Una reina,
jugando con el poder en sus manos. Una diosa, siendo el todo.
Encontré refugio en los confines de mi amplia mente y sentí lo que había
perdido, nacer de nuevo. Sentí poder, luz, y sabía que iba ser de las que lo
iban a lograr.