Me desperté 20
minutos antes que Nanan y Mamushka. Instantáneamente me acordé que antes de
dormir había deseado levantarme un ratito antes. Pero no había hecho la
petición bien; un ratito era un rato largo y con el propósito de ver que
todavía tenía tiempo para dormir. No sabía la hora que era pero era de día así
que el sol no me dejó reconciliar el sueño.
Cuando mis tíos
bajaron, Mamushka me hizo un té de hierbas (que sin azúcar no tenía sabor
alguno), mientras yo terminaba de hacer la cama. Nanan hizo la típica ensalada
de frutas que siempre hace para los tres. Me deleita los placeres de la rutina.
Son tan simples y monocromáticos.
Después de que
viéramos un par de noticias en la Tele, cada uno partió por su lado. Yo con mi
bici, Nanan con su auto y ¿Mamushka a pie? Cuando empecé el recorrido con el
cual volvería a casa, Nanan pasó con su auto al lado mío, y me retó a una
carrera. Seguro pensaba que iba a lo de la abuela. Le terminé ganando; cuando
doble por Humahuaca él estaba unos metros más allá. Esa fue mi primera sonrisa
del día.
El resto del camino
lo pasé pensando que cuando llegara a casa tenía que escribir lo que me había
pasado hasta ahora en el día. Los detalles se pierden con él tiempo. A partir
de hoy empecé a prestar más atención a los detalles.
Vi la torre que
estaba cerca de casa, unas 4 cuadras antes. Sabía que me faltaba poco para
llegar. Pensé en la hipocresía que cuando otros están laburando, o en el
colegio, yo solo quiero volver a la cama. Pero bueno, al menos ellos se sienten
vivos. Hacen cosas; esa es la clave. Todos estamos muertos en realidad, pero
nos podemos actividades para no notarlo. Tendría que empezar la universidad.
Cuando llegué a
casa me agarró un hambre agobiante. Sabía que no iba a poder dormir con esta
hambre, e instantáneamente me acordé de que en el camino había pasado por una
panadería llena de olor a medialunas. Me distraje con la llegada de un nuevo
sombrero a mi vida. Su forma me hacía acordar a la de un investigador en el
desierto, como Sir Malcolm Murray. Me puse a escribir la primera parte del blog
en un Word.
El hambre me llevo a pensar en los panqueques de mi abuela Susi, y
me acordé que quería verlos. Más que nada para contarles del retiro. Cuando
volviera a una casa con teléfono iba a llamarlos y arreglar algo. Esperaba que
fuera en ese mismo día, ya que quería ir mañana.
Me desperté de mi
siesta cuando Iron Dad abrió la puerta. El plan era que almorzáramos algo en casa,
pero se le complicó. Me dijo que comiera ensalada pero no tenía ganas, así que
lo que hice fue enfilar a lo de la abuela con un mal humor de mil demonios. Ese malhumor se transformó en llantos de
frustración, y me encerré en mis pensamientos. Quería estar sola.
No tenía hambre de
verdad, pero sabía que lo iba a tener más tarde así que comí dos milanesas de
soja con ensalada. A la abuela la vuelvo loca con mis gustos de comida. Después
de comer, llamé a la abuela Susi y quedé que iría a almorzar mañana al mediodía.
Una vez que aclaré eso me encerré en el cuarto y ubique a Pipi para decirle que
no viniera a casa. No sabía que iba a hacer pero sabía que a casa no quería
volver. Pipi se preocupó pero yo le pedí
que me diera un tiempo a solas. No quería pensar en el futuro. No quería pensar
en nada.
Me distraje con mi
amigo Astroboy, e intenté convencerlo de que se sumara a teatro. Todavía no
conseguí buenos resultados pero estaba segura en mi poder de persuasión. En el
tiempo en que esperaba a Pipi, me bajé dos capítulos de Supernatural, porque la
cocaína como droga es un nene de mamá comparado con esta serie. Finalmente Pipi llegó y juntas debatimos en
si Iron Dad realmente tenía alma o vivía a control remoto.
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